Compartimos una entrevista realizada por el portal español Alba Sud, a Pablo Merzi, coordinador de la Rueda de Turismo, donde se recorre la historia y la actualidad de este espacio que reúne a más de 80 sindicatos. En este marco, el 16 de abril participaremos de un seminario sobre turismo popular en Cataluña junto al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Pablo Merzi es secretario de Turismo y Acción Social del sindicato Unión del Personal Superior y Profesional de Empresas Aerocomerciales (UPSA) desde 2010 y coordinador de la Rueda de Turismo Sindical de Argentina desde su fundación en 2019. Con una larga trayectoria en el sindicalismo y una experiencia personal profundamente ligada al turismo social, ha sido uno de los impulsores de la articulación intersindical para mancomunar esfuerzos de distintos sindicatos con el fin de que sus afiliados y afiliadas y sus familias y amistades pudieran beneficiarse de sus hoteles y centros recreativos a precios asequibles.
Para empezar, ¿cómo describirías el turismo sindical en Argentina? ¿Cuáles son sus características y cómo ha evolucionado históricamente?
Mirá, el turismo sindical en Argentina tiene una historia muy larga. Si uno quiere ir al origen, hay algunos antecedentes más viejos, como experiencias vinculadas a la acción católica en los años 20 o 30, con campamentos y cosas así. Pero el verdadero impulso lo da el primer peronismo entre 1946 y 1952. Ahí es donde se instala con fuerza la idea de un turismo social. El Estado empieza a desarrollar infraestructura, como los complejos de Chapadmalal o Embalse, pero también se articula con los sindicatos. A través de la Fundación Eva Perón se generaron condiciones para que los sindicatos pudieran tener sus propios hoteles, colonias de vacaciones, centros recreativos. La lógica era clara: garantizar el acceso al descanso, al ocio y a las vacaciones para los trabajadores. Y eso queda instalado, incluso después de 1955 no se destruye esa infraestructura. Los sindicatos la mantienen y la hacen crecer.
Tu eres hijo también de ese turismo sindical, es algo que has vivido desde niño.
Yo siempre cuento mi experiencia personal: yo soy hijo de un laburante y mis primeras vacaciones en los años 70 fueron en hoteles sindicales. Si no era por eso, no íbamos. Y ahí tenías todo: comida, actividades, pileta, deporte, era casi un “all inclusive”. Pero además compartías con otros trabajadores sin diferencias. Ese modelo se fue adaptando, pero la base actualmente sigue siendo la misma.

Centro recreativo de UPSA en Ezeiza. Imagen de Ernest Cañada | Alba Sud.
¿De qué magnitud estamos hablando hoy? ¿Qué peso tiene este modelo?
Es difícil tener datos exactos porque no hay un relevamiento completo por parte del Estado, que debería existir. Pero nosotros estimamos que solo en algunos destinos hay más de 300 hoteles sindicales, y en todo el país seguramente son más. Se calcula que el ecosistema sindical argentino posee más de cien mil plazas hoteleras en todo el territorio. Y eso sin contar centros recreativos, que son muchísimos. Entonces estamos hablando de una infraestructura enorme, muy extendida, que muchas veces no se visibiliza. Por eso yo digo que en Argentina hay tres patas del turismo: el Estado, el sector privado y el turismo social, donde entran sindicatos, mutuales y cooperativas.
En este contexto, ¿cómo surge la Rueda de Turismo Sindical?
La Rueda es, para decirlo simple, una intersindical de turismo. Surge de una necesidad. Nosotros veníamos de un espacio que se rompe y quedamos varios compañeros sin un lugar donde trabajar el turismo. Entonces empezamos a reunirnos, hicimos un congreso en 2019 en San Pedro y ahí formalizamos el espacio con 18 sindicatos. La idea era recuperar los principios del turismo social del primer peronismo, pero adaptados a hoy, con una lógica más horizontal.
¿Y cuáles serían esos principios que buscáis recuperar?
Fundamentalmente la solidaridad. Que no importe de dónde venís, cuánto ganás o a qué sector pertenecés. Todos tenemos derecho a acceder al ocio, a las vacaciones, a mejorar la calidad de vida. El turismo no es un lujo, es parte del bienestar. Y también la horizontalidad, que todos tengan voz, que no haya estructuras cerradas.
¿Cómo ha evolucionado la Rueda desde su creación?
Muchísimo. Pasamos de 18 sindicatos a más de 80. Eso se logró con trabajo constante, congresos, reuniones mensuales. Y la pandemia nos hizo crecer mucho, porque empezamos a hacer encuentros virtuales, capacitaciones, y nos permitió fortalecer vínculos.

Comedor del hotel del sindicato Luz y Fuerza en Mar de Plata. Imagen de Ernest Cañada.
¿Qué tipo de actividades desarrolla concretamente la Rueda?
Facilitamos opciones turísticas para los afiliados, generamos convenios, articulamos eventos y trabajamos mucho en la comunicación. Pero eso llevado a lo concreto implica bastante más. Por ejemplo, si un sindicato quiere mandar afiliados a un destino, la Rueda le permite elegir entre varias opciones dentro de la red. No es un solo hotel, tenés varias alternativas y eso amplía muchísimo las posibilidades.
Después está todo el trabajo de convenios, que no es menor. Tenemos acuerdos para transporte, para compra de insumos hoteleros, para actividades culturales, para eventos… Incluso cosas que van más allá del turismo, como descuentos en comercios. La idea es que el beneficio sea integral. También articulamos para congresos. Si un sindicato necesita un espacio, puede usar instalaciones de otro sindicato a un costo mucho menor que el mercado. Eso fortalece la red.
Y hay una pata muy importante que es la comunicación. Tenemos un programa de radio, generamos contenidos e invitamos a gente de distintos lugares. Por ejemplo, hemos hablado con experiencias de México, de Chile, con comunidades mapuches. Muchas veces esas experiencias no se conocen entre sí, y la Rueda sirve para eso, para conectar. Entonces no es solo una red turística, es un espacio de encuentro, de intercambio, de construcción colectiva. Y eso, en este contexto, es fundamental.
Mencionabas antes la necesidad de adaptarse. ¿Qué papel juega la formación en este proceso?
Ha sido clave. Hicimos autocrítica de que el turismo sindical se había quedado un poco parado en el tiempo. Entonces impulsamos varias diplomaturas en colaboración con la universidad. Primero sobre historia, después sobre administración y marketing. Eso nos abrió la cabeza, nos hizo ver que había que profesionalizarse e incorporar herramientas nuevas.
En relación con el funcionamiento concreto del turismo sindical, ¿cómo es su modelo de gestión?
Es totalmente distinto al comercial. Acá no hay fin de lucro. Entonces, por ejemplo, en momentos malos, un hotel sindical no se cierra. Se subsidia, se sostiene. Los trabajadores cobran igual, porque la lógica no es ganar plata, es dar un servicio al afiliado. Y eso implica una decisión política, no económica. Si esto fuera un hotel comercial, en temporada baja o en un mal momento directamente cerraría, pero acá no, porque el objetivo es garantizar el acceso al turismo, no maximizar ganancias.
También hay una estructura de personal estable. En nuestro caso, por ejemplo, el hotel de mi sindicato, UPSA, en Mar de Plata, tiene entre cinco y seis trabajadores todo el año, y en temporada se amplía a diez o doce. Entonces hay una lógica laboral distinta, más estable.
Además, se buscan estrategias para sostener su funcionamiento. Por ejemplo, incentivar que los propios sindicatos utilicen estos hoteles para congresos o encuentros, en lugar de ir a espacios comerciales. Eso permite generar ingresos sin perder la lógica social. Es un equilibrio permanente entre sostener económicamente la estructura y mantener el objetivo principal, que es el acceso de los afiliados.

Centro recreativo del sindicato Luz y Fuerza en Mar de Plata. Imagen de Ernest Cañada.
¿Y cómo se relaciona este modelo con el sector privado o el turismo comercial?
Nosotros convivimos con el sector privado. Hay lugares donde no hay hoteles sindicales, entonces hacemos convenios con privados, pero siempre con condiciones, que haya un beneficio real para el afiliado. Por ejemplo, si una habitación cuesta 100, nosotros negociamos que al afiliado le cueste menos, 90 o lo que sea. Esa es la lógica. Esto no es algo nuevo, nosotros ya hacíamos estos convenios desde mucho antes de la Rueda, cada sindicato los tiene. Y no solo con privados, también con otros sindicatos, mutuales, cooperativas. Es una red bastante amplia, aunque a veces desde afuera cuesta entenderla. Ahora, hay una diferencia muy clara. En el hotel sindical vos no sos un cliente, sos un compañero. El que te atiende muchas veces viene del mismo ámbito que vos. Hablan el mismo idioma. Eso genera una cercanía que no la tenés en un hotel comercial. Cuando eso se pierde, cuando se empieza a tercerizar o a meter una lógica más empresarial, el afiliado lo siente. Te lo dice: el hotel está bárbaro, pero ya no es lo mismo. Entonces convivimos con lo comercial, nos adaptamos cuando hace falta, pero tratamos de no perder esa identidad.
¿Qué papel juegan los trabajadores que hacen posible este sistema?
Es un punto clave. Los trabajadores de los hoteles sindicales no están en una lógica precaria ni de alta rotación como pasa muchas veces en el turismo comercial. Están encuadrados en convenios, muchos de ellos en sindicatos específicos vinculados a entidades sin fines de lucro, y tienen condiciones más estables. Además, hay algo muy importante que tiene que ver con la identidad. Muchas veces quienes trabajan en estos espacios vienen del mismo mundo laboral que los afiliados. Entonces no es solo una relación laboral, hay una relación de pertenencia. Y eso se nota en el trato. No es lo mismo que te atienda alguien que está ahí solo por un trabajo que alguien que entiende lo que significa ese espacio para el trabajador que viene. Eso genera otra calidad de servicio, otra forma de vincularse. Por eso también defendemos este modelo, porque no solo da acceso al turismo a los afiliados, sino que también genera trabajo con condiciones más dignas dentro del propio sector turístico.
Antes mencionabas los centros recreativos, ¿qué son y qué función cumplen?
Son fundamentales. El centro recreativo es un espacio que tienen muchos sindicatos en Argentina, no necesariamente con alojamiento, donde las familias van a pasar el día: tenés pileta, parrillas, quinchos y espacios verdes. Es un lugar pensado para el encuentro familiar, sobre todo en verano. Son muy importantes porque mucha gente, especialmente en la capital y en el conurbano, no tiene un espacio propio, entonces te permite ir con tu familia, que los chicos estén tranquilos y salir de la rutina. Además, cumplen una función social, porque también los usan escuelas que no tienen lugar para hacer campamentos a tarifas accesibles. Y hay algo muy fuerte, que es el sentido de pertenencia: no es solo un espacio recreativo, es un lugar donde se construyen vínculos, donde hay familias que van hace dos generaciones, compañeros que iban de chicos y hoy llevan a sus hijos.
En ese sentido, ¿cómo se organizan las tarifas y el acceso?
El afiliado tiene derecho a acceder con su núcleo familiar directo, que paga la misma tarifa que él. Si viene solo, puede traer amigos, hermanos, lo que sea, pero esos pagan como invitados. Pero el trato es el mismo para todos. Eso es importante.

Habitación del hotel de UTEDYC en Mar de Plata. Imagen de Ernest Cañada | Alba Sud.
En los años 90 el sindicalismo argentino atravesó transformaciones importantes vinculadas a las políticas de privatización y liberalización económica. ¿Cómo impactaron esos cambios en el turismo sindical y en el propio funcionamiento de los sindicatos? ¿Qué tensiones o reconfiguraciones se produjeron a partir de ese momento?
En los 90 hubo un cambio muy fuerte en la Argentina con las políticas de privatización y todo ese proceso de liberalización económica. Muchos sindicatos, sobre todo los vinculados a sectores que se privatizaban, empezaron a transformarse y en algunos casos se volvieron más parecidos a empresas que a organizaciones sindicales tradicionales. Eso es historia, no es una opinión. Y eso generó tensiones internas muy grandes, porque una parte del movimiento sindical empezó a alejarse de esa lógica más solidaria y colectiva que había caracterizado etapas anteriores.
Igual, también hubo resistencia. No todo fue para ese lado. Muchos sindicatos mantuvieron sus estructuras, sus hoteles, sus centros recreativos, y siguieron apostando a este modelo más solidario. Pero sí, quedó una marca de esa época, una tensión entre lo social y lo comercial que todavía hoy existe. Y, en definitiva, lo que nosotros tratamos de hacer desde espacios como la Rueda es recuperar esa lógica más colectiva, sin negar que el contexto cambió y que hay que adaptarse, pero sin perder la esencia.
Recientemente se aprobó una reforma laboral tremendamente lesiva para los intereses y derechos de las clases trabajadoras en Argentina, y también contra las organizaciones sindicales. ¿Cómo prevés que pueda afectar este cambio en el turismo sindical?
La nueva reforma laboral, una brutalidad contra el trabajador, repercute directa e indirectamente en el turismo sindical. Si vamos un poquito atrás, en el último año y pico se han perdido como doscientos mil puestos de trabajo, doscientas mil personas menos que no están asalariadas, que no van a tener acceso a ese turismo por el que venimos peleando. Y cada vez hay más gente trabajando bajo condiciones paupérrimas o directamente trabajando en la informalidad, haciendo “changas”, y eso quita la base de trabajadores registrados.
Pero la reforma también afecta directamente a los sindicatos en su financiación, que redunda en su capacidad de acción social. También da más facilidades para crear sindicatos amarillos. Y vemos con muchísimo temor el “apriete” que se les hace a los sindicalistas. Hay una represión absoluta sobre cualquier persona que quiera manifestarse. Eso es una forma de poder, de hacer que la gente no se queje, y que tampoco se sindicalice. Van en contra de los sindicatos.
Entonces, esto te pega por todos lados. Y como te pega por todos lados, lo que hay que hacer es tratar de unirse cada vez más. Poner la unidad por sobre de todas las cosas, la unidad en la acción. Tenemos que tratar que cada vez más trabajadores, ya no solamente trabajadores registrados, sino trabajadores que vienen también de la economía social, de la economía informal, puedan tener acceso a este turismo social y sindical. Cada vez más social dentro de lo que es el turismo sindical.

Parrillero para asados en el centro recreativo del sindicato Asociación Judicial Bonaerense en Ezeiza. Imagen de Ernest Cañada | Alba Sud.
¿Qué papel juega hoy la Rueda en este contexto político?
Hoy la Rueda es una trinchera. Estamos en un contexto de ataque muy fuerte a los sindicatos y a la idea de justicia social. Entonces sostener el turismo sindical es también una forma de resistencia. No es solo turismo, es una forma de defender un modelo de sociedad.
¿Pero por qué es tan importante, desde el sindicalismo, defender el derecho al ocio y a las vacaciones?
Porque tiene que ver con algo mucho más profundo que simplemente irse de vacaciones. Tiene que ver con la salud, con la dignidad, con la posibilidad de vivir una vida que no sea solamente trabajar, trabajar y trabajar. El ocio es un derecho, no es un lujo, y eso es algo que muchas veces se pierde de vista. Si vos no tenés la posibilidad de cortar con la rutina, de salir de ese día a día que muchas veces es muy pesado, eso te termina afectando en la cabeza, en el cuerpo, en todo.
Hoy, más que nunca, con el nivel de presión que hay, con la incertidumbre laboral, con los discursos que todo el tiempo desvalorizan al trabajador, es fundamental poder generar espacios donde la persona se pueda reconectar con su familia, con sus compañeros, consigo misma. El turismo sindical, los centros recreativos, los hoteles, no son solo lugares de descanso, son espacios de contención, de encuentro, de reconstrucción de vínculos. Y además hay una cuestión colectiva. No es solo que vos descansás, es que lo hacés en un ámbito donde te encontrás con otros que están en la misma, donde compartís experiencias, donde se refuerza ese sentido de pertenencia. Y eso también es político, aunque no se quiera ver así. Porque frente a un modelo que te empuja al individualismo, a que cada uno se salve como pueda, nosotros seguimos apostando a lo colectivo. Entonces defender el derecho al ocio es también defender una forma de entender la sociedad. Es decir: no todo es productividad, no todo es rentabilidad. También hay derecho a disfrutar, a descansar, a ser feliz. Y eso, para nosotros, es central.
Para cerrar, ¿cómo imaginas el futuro de este modelo?
El futuro depende de que podamos trabajar más en conjunto. Entre sindicatos, con cooperativas, mutuales, incluso a nivel latinoamericano. El potencial está, la historia está, la infraestructura está. Pero hay que seguir organizándose, capacitándose y defendiendo estos espacios. Porque no es solo turismo, es una forma de entender lo colectivo.
